Sirius Black nunca se había considerado a sí mismo una persona que
tuviera dificultades para hacer amigos, hasta que conoció a Remus Lupin.
Cuando llegó a la conclusión de que definitivamente había un chico con
el que tenía que compartir el dormitorio y al cual no conseguía hablarle fue
que se dio cuenta de que nunca antes había tenido que dar el primer paso para
hacer buenas migas con alguien. Siempre habían sido los demás los que habían
llegado primero, atraídos por su sonrisa y su personalidad alegre, y en su
primer año en Hogwarts se encontró tratando de hacer amistad con un muchacho
huraño que no intentaba iniciar una conversación y que por lo general respondía
a todo con monosílabos, Sirius simplemente no sabía qué hacer.
Los otros dos muchachos del dormitorio tampoco sabían qué hacer con
Lupin. Peter era bastante apocado, pero su timidez se desvanecía cuando estaba
con sus dos amigos, y James era una constante explosión de energía... lo cual
parecía intimidar un poco a Lupin, que miraba con desaprobación todo lo que
significara descontrol.
El que apenas hablara, el que estuviera todo el tiempo enterrado entre
sus libros, el que no hubiera manera de convencerlo para salir un rato, aunque
fuera sólo a estar junto a la chimenea en el salón común... todo eso
incomodaba a Sirius, que habría podido limitarse a encogerse de hombros y
seguir riendo con sus amigos, pero no conseguía hacerlo. Él también había
estado muy solo a su llegada a Hogwarts, era la primera vez que se separaba de
su familia y se daba cuenta de lo mucho que habría podido deprimirse sin el
apoyo de James y Peter.
No podía tolerar la mirada de infelicidad y resignación de Remus. Eso
era.
Y luego empezaron las desapariciones mensuales de Lupin, que volvía
siempre con un aspecto debilitado y enfermo que los alarmaba bastante, y siempre
diciendo alguna excusa que a medida que pasaba el tiempo iba sonando cada vez más
falsa. Algo malo le estaba sucediendo. ¿Pero cómo podía nadie preguntarle qué
le pasaba si no había manera de conversar con él?
Sirius dejó la pluma en el tintero, dejando para más tarde el ensayo
sobre los hongos venenosos que debía presentar para Herbología y miró a Remus
por encima del hombro. El muchacho de cabello castaño estaba tendido en su
cama, pero no dormía. Miraba hacia algún punto en la pared, un poco por encima
de la cabeza de Sirius, y parecía totalmente perdido en sus pensamientos, un
mechón de cabello blanco (lo primero que llamaba la atención al verlo, además
de sus ojos dorados), le caía sobre la cara, haciendo destacar por contraste lo
profundo de sus ojeras. Estaba más delgado que la semana anterior y a Sirius no
le cabía duda de que debía estar enfermo de algo o sometido a alguna situación
que involucraba mucha angustia. No era sólo nostalgia por su casa o simple
falta de adaptación a un ambiente desconocido.
-¿Cómo sigue tu mamá, Lupin? –preguntó, en el tono más amable que
pudo.
La excusa más reciente había sido que su madre estaba enferma.
-Mejor –respondió Remus, con voz lejana.
“No ha de estar _muy_ mejor cuando lo dices con esa cara” pensó
Sirius, pero no encontró cómo decirlo.
-Me alegro, ya verás que pronto estará bien del todo.
-...mjú...
“No me crees ni una palabra. ¿Tan mal se encuentra? ¿Será algo
incurable?” Por la mente de Sirius ya habían pasado todas las posibilidades,
desde una enfermedad terminal hasta abuso infantil, pero no lograba dar con algo
que se ajustara del todo a la manera de actuar de Remus. ¿Qué era lo que le
pasaba?
-¿Te gusta Hogwarts?
-Sí.
-¿Qué es lo que te gusta más?
-Mmm...
Esa no era una respuesta. Tal vez preguntando algo más específico...
-¿Cuál es tu materia favorita?
-Defensa.
-¿Sí? ¿Por qué?
-Mmm... –esta vez añadió un encogimiento de hombros, que Sirius
consideró, un poco amargamente, como un avance en la comunicación.
-¿Qué te parecería acompañarme a caminar un rato? James está
planeando gastarle una broma a Snapy, y creo que...
-No, gracias.
Remus había dado media vuelta, como disponiéndose a dormir y con eso el
diálogo quedó terminado.
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-No veo para qué desperdicias el tiempo –dijo Peter, encogiéndose de
hombros-, si lo que quiere es estar solo deberíamos darle gusto en eso.
-Es que no me parece que quiera estar solo –dijo Sirius-, es como si no
supiera que no necesita estarlo...
-Instinto gregario.
-¿Qué? No me digas que has estado leyendo otra vez esos libros de
psicología muggle.
-Deberías leerlos tú también, aprenderías mucho.
-¿Por ejemplo?
-Que el del problema no es Lupin sino tú.
-¿Yooo?
-Instinto gregario, ya te lo dije, el deseo, la necesidad de estar con el
grupo, la tribu... o en tu caso, me atrevería a decir, con la manada.
-¡Oye! ¿Me estás diciendo animal?
-No, tonto, sólo que a ti no te gusta estar solo, ¿verdad?
-Es verdad, ¿y qué tiene que ver eso con Lupin? Yo no estoy solo. En
este momento no cuento con muy buena compañía, y sí, me refiero a ti, Peter
Pettigrew, pero no estoy solo.
-Ahí está el detalle: como no soportas la soledad tampoco quieres que
Lupin esté solo, porque al no integrarse al grupo hace que te sientas aislado.
Prefieres que tu manada sea más grande a que haya dos manadas aparte. Muy
simple.
-¿Estás insinuando que no trato de sacarlo de su cascarón por su bien
sino por mi comodidad?
-¿Qué te hace pensar que tu amistad lo beneficiaría a él en algo?
Hasta ese momento Sirius se lo había estado tomando a broma, pero el último
comentario de Peter lo molestó bastante.
-¿Mi amistad necesita por fuerza ser un beneficio para alguien? ¿Te
beneficia a ti?
-Sí, y mucho –sonrió Peter sin intimidarse-. Pero tal vez Lupin esté
mejor sin amigos, o al menos eso es lo que parece opinar. ¿No crees que tiene
derecho a que sus decisiones se respeten?
Como le ocurría con Peter y James de vez en cuando, Sirius no supo qué
contestar.
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Transcurrieron un par de semanas sin que Sirius intentara de nuevo una
conversación con Remus. James tomó el relevo, pero no tuvo más suerte que él
y ya parecía a punto de concordar con Peter en aquello de que era mejor dejarlo
solo cuando Sirius recibió vía lechuza un regalo de su padre. El señor Black
con frecuencia tenía arranques de esplendidez (como los llamaba Peter con un
tono ligeramente irónico), y le enviaba a su hijo cualquier chuchería, que
Sirius recibía siempre como si se tratara de un tesoro a pesar de la hilaridad
de Pettigrew. Eran cosas de poco o ningún valor material, pero iban siempre
acompañando una de las largas (larguísimas) cartas del señor Black. Eso era
lo más importante.
En esa ocasión la carta era menos larga de lo habitual, su padre se
hallaba a la mitad de un viaje del que no podía dar detalles y además le pedía
a Sirius que no contestara y que conservara con él a la lechuza hasta que le
enviara otra, pero el paquete era más grande que de costumbre. Sirius desplegó
ante sus amigos, con verdadero deleite, un póster. Se trataba de una excelente
fotografía de la luna tomada con un potente telescopio o tal vez desde una
sonda espacial, y el señor Black había anotado ahí, de su puño y letra, los
nombres de los accidentes geográficos más sobresalientes, el Mar de la
Tranquilidad, el Mar de las Tormentas, el Cráter Copérnico... cualquier
semejanza que aquello pudiera tener con una disimulada llamada de atención con
respecto a las notas de Sirius en Astronomía se perdió en el entusiasmo con el
que el muchacho admiraba el póster, que colocó inmediatamente en la pared
justo sobre su escritorio.
James y Peter no podían evitar una sonrisa contemplando la alegría de
Sirius, aunque notaban claramente que se trataba de una alegría fingida en su
mayor parte. El señor Black era un auror de los más importantes para el
Ministerio de Magia, si le decía a Sirius que no le escribiera... ¿era porque
se encontraba en una misión peligrosa? Todas las misiones de los aurors lo
eran, pero en las raras ocasiones en las que el señor Black le pedía silencio
a su hijo, Peter y James podían estar seguros de que Sirius se volvería
realmente irritable por la preocupación hasta que volviera a recibir noticias.
Sería mejor hacer que Snape y Malfoy estuvieran fuera de su camino esos días,
porque eran las ocasiones en las que Sirius no aguantaba nada de nadie...
No era un muy buen momento para que Remus entrara y mirara con verdadero
espanto el póster. Y mucho menos para que exclamara algo como...
-¡¿Qué es _esa_ cosa_?!
-La luna, por supuesto –respondió Sirius con una sonrisa que quería
ser de buen humor, pero que parecía todo lo contrario-. Un regalo de mi padre,
¿no es magnífica?
-No, no lo es –dijo Remus, retrocediendo-. Quítala de ahí.
-¿Por qué habría de quitarla? –Sirius ya estaba frunciendo el ceño-.
Es _mi_ luna y tengo todo el derecho del mundo a ponerla donde yo quiera.
-¡No en la pared que está justo frente a mi cama! ¡¡Ponla donde yo no
la vea!!!
-¿En el fondo de un baúl, por ejemplo? –dijo Sirius, con una sonrisa
peligrosa, mientras avanzaba lentamente hacia Remus.
-¡Sería perfecto! –dijo Remus, avanzando a su vez.
-¿Sabes, Lupin? ¡Eres un verdadero lunático! –exclamó Peter-. ¿Qué
te importa a ti que Sirius tenga ese póster? ¡Tiene todo el derecho del mundo
a decorar su pared como prefiera!
-¡Esto no es problema tuyo! –replicó Remus.
Eso hizo que Sirius diera otro paso adelante.
-¡Nadie le habla a mis amigos en ese tono estando yo presente! –dijo,
empezando a preparar los puños.
James trató de detener a Sirius.
-Espera, hombre, podemos resolver esto por las buenas, ¿por qué no
pones la luna de mi lado del cuarto?
-Ahí no podré verla desde mi escritorio –dijo Sirius fríamente-, la
quiero donde pueda verla cuando yo quiera.
-Y yo la quiero donde no la pueda ver –dijo Remus en el mismo tono.
-Pues lo siento por ti, porque se quedará justo donde se encuentra.
-¡Quítala o la quitaré yo!
-¡Inténtalo!
Lo que siguió sucedió demasiado rápido como para que ninguno de ellos
conservara un recuerdo claro, excepto que todos concordaban en que Remus había
lanzado el primer golpe y Sirius había respondido inmediatamente.
James y Peter se lanzaron a separarlos, con muy poco éxito, ya que
alguno de los dos pateó a Peter, que fue a dar al otro extremo de la habitación,
sin mucho ánimo de intervenir otra vez. De alguna manera, James se las arregló
para apartarlos lo suficiente como para colocarse en medio (lo cual le valió
unos cuantos golpes por parte de ambos) y detener la pelea.
-Sirius Black, tú vienes conmigo. AHORA –siseó James, sujetando a
Sirius por un brazo y arrastrándolo afuera pese a las protestas de su amigo.
Remus contempló la puerta por la que habían salido ambos y luego miró
a Peter, que levantó ambas manos en señal de paz. En ese momento se sentía más
infeliz que nunca en su vida... quizá debería escribir a sus padres y rogarles
que lo sacaran de Hogwarts.
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-¡¡Estoy muy decepcionado de ti!! –exclamó James.
-Escúchame, Jim...
-¡No, escúchame tú a mí! ¿Sabes cuál es tu problema, Black? ¡Nunca
piensas antes de actuar!
-¿Eh?
James respiró hondo.
-Si no tienes más remedio que ser impulsivo, tienes que aprender al
menos a distinguir entre un buen impulso y uno malo. El sujeto que respondió a
una provocación allá adentro no es el Sirius Black que yo conozco...
-¡Claro que era yo!
-¡No! ¡Era un chiquillo que está asustado y responde con violencia
cuando tiene miedo!
-¿Eh?
-Te conozco. Cuando el mundo te trata mal respondes con golpes. Y si no
aprendes a dominar ese carácter tuyo, puedo jurarte que acabarás mal.
-Estás hablando como...
-¿Cómo tu tía abuela? ¡Seguro que sí! Tú quieres ser un auror como
tu padre, ¿no es cierto?
-¿Qué tiene que ver...?
-¿Crees que él habría reaccionado así a la primera provocación?
-... no...
-¿Qué habría hecho?
-Habría... habría averiguado por qué a Lupin le molesta tanto ese póster...
Sirius tenía la mirada baja y las mejillas encendidas. James suspiró y
se permitió a sí mismo calmarse un poco antes de hablar de nuevo.
-Sirius, eres una buena persona y un buen amigo, pero tienes que aprender
a meditar las consecuencias de lo que haces. ¿Hace cuánto que estás tratando
de conseguir que Lupin nos acepte como amigos? Bueno, pues esta vez habló él
sin que nadie lo obligara. Era una buena oportunidad, ¿no crees?
Sirius asintió lentamente. Era verdad. Había desperdiciado la
oportunidad de hacer un nuevo amigo.
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Remus los vio entrar de nuevo, sintiendo que se tensaba todavía más de
lo que ya estaba. Seguía en el mismo sitio donde había quedado después de la
pelea, con Peter al otro extremo del cuarto, y sin saber si quedarse ahí o
escapar de la habitación tan pronto como dejaran de bloquearle la salida. ¿Qué
iba a pasar ahora? Sirius se acercó a él caminando despacio.
-Lo lamento mucho. Por favor, perdóname. No debí golpearte.
-Fui yo el que atacó –dijo Remus, frunciendo un poco el ceño.
-Cierto, pero yo no debí responder. Un póster no debería tener tanta
importancia como para motivar algo así. No entiendo qué fue lo que pasó, pero
debe haber sido mi culpa...
-¡No es tu póster, Black! –estalló Remus-. ¡Es la luna! ¡Detesto
la luna! ¡Me enferma oírla mencionar, me enferma verla y me enferma ver ese póster
en la pared! ¡Paso mucho tiempo en esta habitación y no soportaré tener que
hacerlo en compañía de un póster de la luna!! ¡Sé que suena estúpido pero
para mí es muy importante!
Acabó sin aliento, sin atreverse a mirar a los otros y sin poder
imaginarse cuál sería la reacción de Sirius. ¿Reírse en su cara? Era
bastante probable.
-Bueno, si ese es el problema, pongámosle solución ahora mismo –dijo
Sirius, con una expresión seria que los demás no le habían visto nunca.
Remus tragó saliva, temiendo que la siguiente acción de Sirius fuera
darle una paliza. O intentar dársela, porque él no estaba dispuesto a
recibirla.
Pero en lugar de eso, Sirius fue hasta su escritorio, desprendió
cuidadosamente el póster de la pared... y empezó a rasgarlo, reduciéndolo a
trozos cada vez más pequeños.
-Pero... ¡¿pero qué estás haciendo?! –exclamó Remus-. ¡Dijiste
que te lo regaló tu padre!
Sirius sonrió tristemente sin dejar de rasgar.
-Es sólo un póster. Papel y tinta. Puede reponerse. Y lo haría de
nuevo. Lo haría aunque en vez de un póster fuera la auténtica luna, y ahora
dejemos que se lo lleve el viento y no continuemos enojándonos por tonterías,
¿quieres?
Los demás estaban mudos. Sirius dejó los pedazos del póster en el
escritorio, se cruzó de brazos y le lanzó a Remus la mirada más seria de su
repertorio.
-Eso sí, me gustaría que lo que acabo de hacer valiera la pena –dijo,
calmadamente.
-¿Qué es lo que quieres, Black?
Ya que todas las sutilezas habían fallado, Sirius decidió ser lo más
directo posible.
-Quiero
que seamos amigos. ¿Será posible, Remus? ¿Qué opinas tú?
Remus no encontraba nada qué decir. Se quedó donde estaba, contemplando
los pedazos de la luna.
Sirius suspiró con resignación.
-Estaba pensando ir a dar una vuelta por la cocina –dijo, sin dirigirse
a ninguno en particular-. De pronto me han entrado ganas de averiguar cómo sabe
un batido de chocolate a media noche. ¿Me acompañan?
James y Peter asintieron y se dirigieron de inmediato hacia la puerta.
Sirius los siguió un poco más despacio...
-Creo que es una excelente idea –lo detuvo la voz de Remus.
Los tres voltearon a mirarlo.
-Perdón, ¿dijiste algo? –preguntó Sirius, que no podía creerle a
sus propios oídos.
Remus apartó la mirada del póster destrozado para fijarla en Sirius y
sonrió.
-Dije que es una excelente idea. ¿Puedo acompañarlos?
-¡Vaya pregunta! ¡Pues claro que sí!
Remus no se hizo repetir eso y se unió al grupo. Antes de una hora había
hablado (y reído) con los otros tres más que en todo el tiempo que llevaba en
Hogwarts.
Una ráfaga de viento entró por la ventana del dormitorio, alcanzó los
pedazos del póster y los hizo danzar en un remolino por toda la habitación
antes de dispersarlos por los terrenos del colegio.
La mayor parte cayó en el lago, donde desaparecieron lentamente. Los
fragmentos restantes continuaron su danza en el viento hasta perderse en el
Bosque Prohibido.
Los cuatro amigos nunca más volvieron a mencionar ese póster.
fin
Fanart de esta historia
Dibujado por Esme-chan y pintado por mí. Sirius y Remus discutiendo por causa de la luna... |
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También dibujado por Esme-chan y también pintado por mí =D ¡Los Merodeadores!! |