Para Marijose,
¡feliz cumpleaños!
Era la
primera semana de Hermione en la casa de Sirius y
todavía no estaba convencida de que fuera seguro explorarla a solas,
especialmente si corría el riesgo de encontrarse con alguna antigüedad
familiar, pero la cocina parecía ya bastante amigable, luego de mucha limpieza
y eliminación de hechizos y maldiciones. Sin embargo, tuvo que replantearse esa
idea cuando entró a la cocina por un vaso de leche y encontró a Severus Snape entregándole a Remus Lupin un paquete del más
fino (y caro) chocolate de Honeyduke’s.
-¿Sin
almendras? –protestaba Remus en son de broma al
momento en que Hermione se quedó paralizada en la puerta.
-Ya es
bastante difícil medir la dosis sin tener que buscar la fórmula para calcular
cuántas almendras por centímetro cúbico contiene un chocolate –refunfuñó Snape-. Esta caja debería ser suficiente para un mes, a
menos que te encuentres con un dementor, o cuatro,
así que…
-¡¿Está
tratando de envenenarlo?! –exclamó Hermione sin poder contenerse.
Los dos
hombres la contemplaron con idénticas expresiones de sorpresa.
-¿Envenenarme,
cómo? –preguntó Remus.
-¡Con el
chocolate! –chilló Hermione-. ¡El chocolate es
venenoso para los cánidos, y eso incluye a los lobos! ¡Y aún en forma humana,
un hombre lobo tiene suficientes rasgos comunes con un lobo como para que el
chocolate le sea tóxico!
-Hermione, me
has visto comiendo chocolate desde que me conoces…
-¡Sí, pero no
sabía que era el profesor Snape quien se lo estaba
proporcionando! ¡Tal vez no sea suficiente como para
matarte, pero sí para hacerte la vida miserable y…
-De hecho, si
lo consumiera todo de una vez, sí podría matarlo –apuntó Snape.
Hermione se
quedó muda de espanto.
Aquello tenía
que ser una pesadilla, especialmente porque Remus no
parecía sorprendido ni preocupado siquiera. De hecho, parecía… feliz. Le dedicó
a Snape una gran sonrisa y adelantó una mano:
-Gané la
apuesta. Págame.
Snape apretó
los labios en un gesto de disgusto, pero buscó en su túnica y finalmente sacó
una pequeña bolsa de un material que, mucho tiempo atrás, debió haber sido
terciopelo del más fino, y que ahora se encontraba tan desgastado que Hermione
podía ver la trama desde donde estaba; sin embargo, un letra P bordada en plata
y con una pequeña corona todavía era fácil de distinguir. Snape
contó cuidadosamente cinco galeones nuevecitos, los dispuso en una pequeña
pila, y los empujó hacia Remus.
-Cinco
galeones –dijo, innecesariamente.
-Gracias –Remus no tomó las monedas, pero apoyó los codos en la mesa
para contemplarlas largamente.
-¿Apostaron
si alguien se daría cuenta de lo del chocolate? –preguntó Hermione, incrédula.
-“Alguien” de
-Claro que lo
está –dijo Remus.
Snape lo
ignoró y continuó, mirando con fijeza a Hermione.
-Debo admitir
que me sorprendió, habría esperado que Minerva lo notara primero. Incluso Hagrid. No lo esperaba de usted.
Eso indignó a
Hermione, que recordó de pronto todos los comentarios ofensivos y los
desprecios que había soportado en la clase de Pociones.
-¿Por qué no?
¿No soy lo suficientemente inteligente como para poder deducir algo así?
-Está
hablando de dos cosas diferentes. La inteligencia y la capacidad deductiva no
siempre están relacionadas entre sí.
Snape se
levantó para servirse más té, y cuando volvió a la mesa dio la impresión de
sorprenderse por ver que Hermione seguía ahí, como quien espera una
explicación. A Hermione, sin embargo, no se le escapó que esa sorpresa era
fingida, e incluso bastante exagerada, como si el espía pretendiera asegurarse
de que hasta una adolescente con poca capacidad deductiva pudiera notarlo.
-Su memoria,
señorita Granger, es digna de admiración, eso nunca
lo he negado –Snape tomó asiento y la miró seriamente
por encima del té-. Pero una buena memoria no es suficiente para poder deducir
algo. Se necesita la habilidad de hacer correlaciones, lo que los muggles llaman “pensamiento lateral”, o, más popularmente,
el poder pensar “afuera de la caja”. Probablemente ha leído sobre esos términos
en algún momento.
-Por supuesto
que sí –respondió ella, impaciente.
-Entonces,
reconocerá que usted carece de esa habilidad en particular.
-¡¿Qué?! ¡En tercer año, yo me di cuenta de que Remus
es… -recordando de pronto que Remus estaba ahí,
Hermione bajó la voz hasta hablar normalmente-. Quiero decir…
-Por
supuesto, pero solo después de que la hice investigar al respecto. Si no
hubiese sido por esa tarea, nunca habría notado nada raro. Así pues, ¿cómo supo
que estamos envenenando deliberadamente al lobo?
-¿Eso es lo
que están haciendo?
-Hermione
–intervino Remus-, es necesario. A medida que pasan
los años, el lado… poco amigable de un hombre lobo se va volviendo más y más
evidente. Severus está tratando de ayudarme a hacer
mi carácter más manejable debilitando esa parte de mí. Si el lobo está enfermo
por el chocolate, mi temperamento es más sencillo de controlar, eso es todo.
Las dosis están medidas cuidadosamente y no corro ningún peligro, salvo un poco
de debilidad y algo de acidez ocasional.
-¿Estás…
seguro?
-Claro.
Piénsalo bien, si Severus quisiera matarme, hay
formas menos lentas y fastidiosas de hacerlo.
-Y menos
costosas –añadió Snape.
-Ah, vamos, Severus. Si voy a envenenarme, que sea por lo menos con un
veneno de primerísima calidad, ¿no?
La sonrisa de
Remus era contagiosa, pero Snape
parecía ser inmune a cualquier clase de contagio. Hermione suspiró.
-¿Cómo lo
supo? –preguntó Snape de repente.
Habría sido
fácil mentir, pero también habría sido completamente inútil, porque los dos lo
notarían de inmediato.
-No lo supe.
El último día de clases tuve que pasar un rato con Luna Lovegood,
de Ravenclaw. En algún momento ella comentó que
siempre le había extrañado ver a Remus comiendo
chocolate, porque la teobromina del cacao es igual de tóxica para los lobos que
para los perros…
-Ah, la
señorita Lovegood –Snape se
reclinó en su silla, satisfecho-. A veces me recuerda a Einstein.
-¿Por su
inteligencia? –preguntó Remus.
-No. Porque
tiene exactamente el mismo problema. Mucha capacidad, pero la cabeza en las
nubes la mitad del tiempo. Si pudiera concentrarse solo un poco, por tan solo
unos cinco minutos, tendríamos una Maestra de Pociones en potencia.
Eso hizo que
la indignación de Hermione hirviera de nuevo. ¿Estaba insinuando acaso que
“Lunática” Lovegood era más inteligente que ella? En
ese momento advirtió que Snape la miraba otra vez,
con una sonrisa levemente burlona. Sí, era eso exactamente lo que estaba
insinuando.
-No debería
darse por ofendida tan fácilmente –dijo Snape, con
voz sedosa-, únicamente estoy señalando los hechos. Su problema en mi clase, y
en todas las demás, es que usted posee una excelente memoria, pero solamente
eso. Puede preparar una poción, porque sigue al pie de la letra las
instrucciones, pero jamás podrá hacer una variante por iniciativa propia. Puede
realizar un encantamiento a la perfección porque domina los movimientos y la
teoría, pero jamás creará uno nuevo. Podría escribir un libro de historia,
amontonando un hecho probado tras otro, pero jamás escribirá una novela.
-¿Y eso qué
tiene de malo? –casi gritó Hermione.
-Nada. Es
perfectamente normal y no tengo nada en contra. Lo único que me fastidia al
respecto es un pequeño detalle en el cual la aventaja incluso el señor Weasley.
-¿Ah, sí?
¿Cuál es?
Snape se
inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos
entrelazadas antes de soltar su fase con la suavidad más insultante posible.
-A veces
enfrento a mis estudiantes avanzados con una poción sacada de un pésimo libro
que tuve que sufrir durante mi época de estudiante, una poción que fue impresa
con un error. Pero usted jamás encontraría dónde está ese error, por la simple
y sencilla razón de que jamás se le ocurriría cuestionar a un libro. Podría
hundirse el universo, pero usted seguiría las instrucciones al pie de la letra,
porque no tiene la imaginación suficiente.
Hermione dio
media vuelta y salió dando un portazo.
-La señorita Lovegood no forma parte de
-¿Quieres
decir que este final de la apuesta no fue válido?
-No. Me
refiero a que
Remus ladeó
la cabeza y contempló una vez más la bolsa cuando Snape
estaba guardándola.
-¿Tu segundo
nombre es Phillippe, o Paul?
Snape enarcó
una ceja.
-Ninguno de
los dos. La bolsa me la dio mi madre, era de mi abuelo materno. Y la “P” es por
su apellido, no por su nombre.
-Ah. Propongo
otra apuesta.
-¿Sí?
-Diez
galeones a que a Hermione le entrará curiosidad por averiguar por qué tienes
una bolsa más vieja que tú con una letra “P” bordada.
-Acepto la
apuesta. No creo que le pase jamás por la cabeza.
7/8/2009
Última revisión:
23/8/2010